Esteban
Jerusalén, Israel
34 d.C.
El joven acusado continuaba predicando en la sala del tribunal. Los jueces se movían nerviosamente mientras el joven hacía un recuento de su herencia religiosa, y de sus antepasados. ¿Qué tenían Abraham y Moisés que ver con Jesús? Otro hombre joven que se encontraba entre la multitud, aproximadamente de la misma edad que el acusado, parecía no estar prestando atención. En su mente ya había tomado una decisión sobre este seguidor de Jesús. La multitud de líderes judíos, sin embargo, se agitaba cada vez más ante cada palabra que procedía de los labios del joven.
De pronto, el predicador se volvió hacñia el público y exclamó. "¡Pueblo obstinado e infiel! Siempre resistiéndose al Espíritu Santo, igual que lo hicieron sus antepasados. Ellos mataron a los profetas que fueron enviados con el mensaje de la venida del Mesías. Y ahora, también ustedes se han revelado en contra de Él y lo han asesinado. Ustedes recibieron la ley de Dios, pero no la han obedecido".
Cuando la multitud escuchó estas palabras, se enfureció aún más, pero el acusado no hizo caso de su enojo y sus amenazas. Su rostro comenzó a resplandecer como el rostro de un ángel, dejó de hablar y apuntó el techo. "¡Miren! Veo los cielos abiertos, y al Hijo del Hombre a la derecha de Dios".
Eso fue demasiado para la gente. Todos se echaron sobre él mientras gritaban a viva voz, y lo sacaron de la ciudad para apedrearlo. El joven continuaba predicando mientras la multitud lo llevaba arrastrado.
El joven que había estado entre la multitud, un tal llamado Saulo de Tarso, siguió tras la gente. Se detuvo a corta distancia del acusado con la vista fija en el cielo, mientras la multitud seguía creciendo. Los gritos que procedían de la multitud iban en aumento. Un hombre le entregó a Saulo su túnica y luego se detuvo para recoger una piedra como si estuviera esperando una señal de parte de Saulo. Saulo bajó la mirada, se fijó directamente en los ojos del acusado y asintió. El momento para callar al joven predicador había llegado.
Esteban, el acusado, continuaba predicando a pesar de los gritos de protesta de la gente, porque el hombre de quien les predicaba era de tal importancia para él. No podía cesar de hablar de Él. Varios hombres más se habían quitado también sus túnicas, las entregaron a Saulo y comenzaron a recoger piedras. Algunas de ellas tan grandes que los hombres las tenían que levantar con las dos manos.
"¡A este blasfemo hay que castigarlo!".
"¡Habla en contra de Moisés!".
"¡Ya no queremos escuchar más sobre tu Jesús!".
Una piedra voló por encima de la cabeza de Esteban. Dejó de predicar solo por el tiempo que le tomó esquivar la piedra. Por un segundo se sintió aturdido, y al instante se puso en pie nuevamente y continuó predicando. La segunda piedra lo alcanzó cerca de la sien, y Esteban calló sobre sus rodillas. Otra piedra lo alcanzó en el hombro. Y luego eran demasiadas para contar.
"¡Se acabó la predicación sobre Jesús!".
"¡Que esto sirva de lección para todos aquellos que proclaman el nombre de este Jesús!".
Otra piedra alcanzó darle al blanco. Y luego otra más. Esteban no podía abrir sus ojos por causa de la sangre. Sus vestidos estaban rasgados por los golpes y la sangre fluía libremente de los jirones. Entonces comenzó a orar: "Señor Jesús, recibe mi espíritu". Logró echar un vistaso sobre la multitud, hasta que sus ojos se fijaron en los del joven que cuidaba de las túnicas. "Y Señor", continuó, "no les tomes en cuenta este pecado".
Al decir estas palabras, Esteban murió.
Lentamente, los hombre tomaron del joven Saulo sus túnicas, quien muy pronto se quedo a solas con el cuerpo del joven predicador. Saulo había llegado a Jerusalén con el propósito de ayudar a silenciar esta creciente "moda" relacionada con la persona de Jesús de Nazaret. A pesar del odio que sentía, nunca pudo olvidarse de las palabras de aquel hombre, y de la manera tan valiente como se enfrentó a la muerte. Se detuvo observando el cuerpo del primer mártir del tal Jesús. El resplandor que tanto había enojado a Saulo, aún se podía observar en su rostro. Él lo había visto como la presumida expresión de orgullo de un hereje, pero ¿había algo más detrás de todo esto? Inmediatamente evadío el pensamiento, y se alejó con más determinación que nunca a aplastar a los seguidores de Jesús.
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Saulo no persiguío por mucho tiempo más a los hombres como Esteban. Varios días después, mientras se dirigía a Damasco para encarcelar más creyentes, se encontró con Jesús. Como resultado de su encuentro el perseguidor de la iglesia se convirtió en Pablo, el primero misionero cristiano quien viajó por todas partes predicando el nombre de Cristo. A su debido tiempo escribió gran parte del Nuevo Testamento.
Todo comenzó con una semilla que fue plantada en su corazón por un joven lleno de fe, gracia y poder, un loco por Jesús quien no podía dejar de hablarle a todos de Jesús, aun cuando esto lo llevara a la muerte.
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